Capítulo 3:
-Casia, Casia. Me he caído y me
duele mucho la cabeza.
Dean está vivo y siento como su
voz retumba una y otra vez en mi cabeza.
-Ayúdame a empujar, soy pequeño
y yo solo no puedo. –enseguida empujo con él y la estantería se mueve
centímetro a centímetro.
Siento como miles de pasos se
acercan desde todas las direcciones. Hay suficiente espacio para que yo quepa.
Me arrastro rápidamente hacia dentro, Dean se apoya en la pared y la estantería
se vuelve a cerrar de golpe. Siento un horrible dolor en el tobillo.
¡Oh no! No he tenido tiempo de
meter todo mi cuerpo, el pie izquierdo se me ha quedado encallado entre la
pared y la estantería. Los soldados empiezan a correr por haber escuchado el
ruido y están muy cerca.
Mi hermano me empieza a estirar
y justamente cuando veo las botas de un soldado asomarse por la esquina de la
pared que los separa de nosotros, logro sacar el pie y se oye un gran
estruendo. Caemos rodando por las escaleras y nos chocamos contra la pared.
-¿Qué ha sido eso?
-No lo sé, se habrá derrumbado
alguna pared.
-¿Dónde está la chica Cédryck?
–dice una voz que me parece familiar.
-Estaba aquí. Te lo juro, la he
visto, sentada al lado de los escombros, en cuanto se ha dado cuenta que la
había visto, se levantó y hecho a correr hacia aquí. –parece muy nervioso el
tal Cédryck -.
-¿No habrás bebido en horas de
vigilancia? –pregunta de nuevo la voz conocida-. Sabes que os lo tengo
prohibido.
-Solo un poco, y no me lo he
imaginado, solo he bebido un trago.
-Cas… -le tapo la boca a mi
hermano y él señala con un tembloroso dedo hacia mi pie que está ensangrentado.
-Te lo prohibí y me has
desobedecido. Tu más que nadie sabes qué todavía no ha nacido alguien que me
lleve la contraria, ni el gobernador, me tiene un cariño especial y si yo digo
algo lo acepta tal y cual. Ya sabes que quien no sigue mis órdenes lo pasa mal,
y si no te mato, es porque eres unos de mis mejores hombres. La verdad es que
eres el único, ya que todos estos son unos mocosos.
-Lo siento señor, no lo volveré
a hacer.
-Venga, ahora todo el mundo a su
puesto.
No quito mi mano de la boca de
Dean hasta que estoy segura de que se han marchado. Busco en los bolsillos de
mis pantalones unas cerillas y enciendo la vela que está pegada en la pared.
Dean me trae las mochilas, abro
la mía y busco en su interior. Saco una botella de alcohol, unas gasas y una
venda.
Me quito la zapatilla deportiva,
la herida parece muy profunda, pero no creo que me haya roto nada.
Recuerdo, cuando tenía siete
años me caí en el parque de enfrente de casa y me hice un corte bastante
profundo en la pierna. Héctor, mi primo que es 5 años mayor que yo, fue
corriendo a avisar a mi madre. En cambio su hermano, un año mayor que yo miro
mi herida horrorizado y al cabo de unos segundos se desmayó.
Mamá se puso a chillar como una
histérica, la tía Miriam, fue corriendo a ver que le había sucedido a su hijo y
papá se sentó a mi lado mientras me examinaba la herida. Héctor trajo el
maletín de primeros auxilios y mi padre cogió una botellita y unas gasas.
Cuando se dispuso a desinfectar mi herida una gota de ese líquido calló sobre
mi pierna y empecé a gritar. Héctor me dio una toalla la cual empecé a morder
mientras papá hacía su trabajo. No son mis primos realmente, lo único que nos
emparienta, es mi tío que es el padrastro de los hijos de Miriam.
Cojo una camiseta de la mochila
y me la meto en la boca acto seguido derramo parte del líquido en mi pierna. Me
escuece mucho, me pongo unas gasas y me vendo el tobillo a toda pastilla. Dean
me mira con horror y se toca una pequeña herida que tiene en la cabeza.
Me acerco para curarle y él se
aparta de mí. Lo agarro del brazo y le curo a la fuerza.
Cuando guardo todo en la mochila
de nuevo le pregunto:
-¿Cómo has conseguido que la
puerta se cierre a esa velocidad?
-No sé, me canse y me apoyé en
la pared. Entonces se cerró. –responde confuso.
¿Automáticamente? No puede ser, eso quiere
decir que hay un botón que puede hacer eso. Me levanto a poco a poco, subo las
escaleras y palpo la pared con cuidado, allá donde está la puerta.
-¡Aquí esta! Ostras, podrías
haberlo encontrado antes.
-¿Eing?
-Nada. Mira, tengo la foto.
-A ver, a ver. –dice muy
entusiasmado, yo bajo las escaleras hasta estar junto a él.
-Ven, siéntate a mi lado y la
veremos juntos. –Me siento en el suelo y cojo la foto. La quito del marco que
está roto. La giro y allí estamos, una familia feliz. Todavía recuerdo aquel
día, fue el año pasado cuando cumplí los dieciocho.
Mamá se puso su vestido verde,
uno que le gustaba mucho, y dejó caer su mata de pelo dorada, la cual siempre
tenía recogida. Dio color a sus
mejillas, siguiendo mis consejos, y sacó su mejor sonrisa, tímida, sí, pero al
fin y al cabo, una sonrisa.
De pie junto a ella estaba papá,
llevaba puesto su traje negro con corbata incluida. Yo y Dean nos reímos de él
porque nunca lo habíamos visto vestido así excepto en las fotos de su boda con
mamá.
Delante de él estaba Dean
poniendo morros, no quería hacerse la foto y tampoco quería llevar puesto ese
traje beige, una diminuta copia del de papá.
Sentada delante de mamá estaba
yo, el alma de la fiesta. Con un vestido demasiado corto para el gusto de mi
padre. Me dio mucha guerra diciendo que no podía ir vestida así, que era muy
corto, pero mamá le convenció. Y con una sonrisa espectacular, o eso dijo…
<…>
¡MICKAËL!
Han pasado tantas cosas que no
me he acordado de él. ¿Estará muerto?
No, no. No me puede dejar, no
voy a poder seguir adelante sin él, ya he tenido bastante con la muerte de mis
padres. Seguro que está a salvo con Lara su hermana pequeña. Se habrán
escondido en la cueva que encontremos hace un par de semanas.
Tengo tantas ganas de verlo.
Vaya, que extraño. He dicho que lo echo de menos. Si me lo hubiesen dicho hace
unos minutos no me lo habría creído. Es imposible extrañar a alguien que te
está pisando los talones día y noche.
Todavía recuerdo el día que
encontremos la cueva, había dicho:
-Este será nuestro pequeño
escondite. ¿Qué te parece?
-Vale, pero… ¿De qué nos vamos a
esconder? –pregunté curiosa, ya que todo lo que decía Mickaël tenía sentido.
-Pues no se, de la gente, del
presente, de la vida, de nuestros hermanos, m…
-Me gusta tu última idea.-esos
críos son agobiantes cuando están juntos.
-M… de la guerra. –dijo
satisfecho- Este sitio nos serviría, seguro que aquí no nos encuentran.
-¿Qué? –pregunté incrédula.
-Sí. Me apuesto lo que quieras
que cuando muera nuestro gobernador, que no le debe de quedar mucho, estallará
una guerra.
-¿Pero qué has bebido Mickaël?
-Nada Casia, ya sé que nadie me
cree, pero estoy seguro de lo que digo.
-¿Por qué? ¿Acaso sabes algo que
los demás no sepamos ya?
-No, simplemente se algo que
vosotros no queréis aceptar.
-¿Otra vez con tu teoría? Venga
Mickaël, sube al árbol y madura. No va a haber ninguna guerra, por si no lo
recuerdas, hace cinco años firmaron un contrato de paz, y por eso estoy aquí,
si lo hubieran quebrantado, a mí no me habrían dejado entrar. – es irónico, soy
yo la que siempre está diciendo tonterías y el, el que me hace entrar en razón.
Entonces creía que Mickaël se estaba equivocando y ahora me he dado cuenta de
que decía la verdad. Este chico es muy listo, espero que siga vivo.
-¿Acaso crees que un papel puede
romper con la ambición de un hombre poderoso? No Casia, cuando nuestro
gobernador muera, el otro intentará conquistar estas tierras. Todo esto, -dijo
señalando todo lo que teníamos a nuestro alrededor, el rio, el prado, las casas
del pueblo que se veían muy pequeñas… -estará destrozado. Y como el señor Gobernador no tiene un hijo
que lo suplemente, el contrato no será válido.
Y tú sabes tanto como yo, que
este continente no tiene un ejército para que nos defiendan. –dijo enfadado.
-Mickaël, para de decir eso. No
seas idiota y entiende que todo lo que dices es una tontería. Como sigas
diciendo esto, al final se pensarán que eres un brujo que llama al mal tiempo y
te quemarán a la hoguera. –dije para aliviar la situación, a Mickaël es mejor
tenerlo como amigo, que como enemigo.
-Tú tampoco me crees. Casia…
-suspiró y empezó a deshacer el camino que había hecho para enseñarme su gran
descubrimiento.
-Mickaël, lo siento pero…
Me levanté y salí corriendo
detrás de él.
-Mickaël, espera.-pasó
olímpicamente de mí y tuve que correr más para llegar a su lado.
-¡Mickaël! ¿Me oyes? –este chico
es un terco, si se propone no hablarte, no te habla.
Me quedé atrás, mientras él
seguía caminando malhumorado.
-¡MICKAËL!-grité repentinamente
mientras me caía al suelo.
Dio media vuelta y hecho a
correr en mi dirección.
-Casia. ¿Qué tienes? ¿Qué te ha
pasado? ¿Te ha mordido una cobra, una tarántula?
-No. –dije con la respiración
entre cortada- Mickaël creo que me estoy muriendo.
-Casia no digas eso. ¿Pero qué
te ha pasado? Dímelo.
-Mickaël, no puedo respirar,
ayúdame. –puso mi mano entre las suyas, y empezó a acariciarme la mejilla.
-No, no me digas eso. Casia, no
me dejes solo por favor. Yo, yo… Te necesito. -Unas pequeñas lágrimas empezaron
a recorrerle la cara. Ya no podía aguantar más.
-Mickaël, me muero… me muero… de la risa. Ja
ja ja –me soltó la mano y se levantó mientras se secaba las lágrimas. Yo en
cambio, me empecé a reír.
-Tendrías que haber visto tu
cara Mickaël. Ja ja ja. No sé cómo te lo has podido tragar. –dije sin parar de
reírme. Él se sentó y me dio la espalda.
-Déjame en paz. Eso no se hace
Casia, como sigas haciendo este tipo de bromas, el día que te pase algo no te
voy a creer.
-¿Es una amenaza? –pregunté
mientras me levantaba del suelo y me sacudía el polvo. Me senté a su lado. La
hierba de la pradera estaba un poco húmeda, el río estaba debajo de nosotros,
la pradera tenía una pequeña pendiente y el agua tenía un aspecto apetitoso. -
¿No me vas a hablar?
Negó con la cabeza. Cuando hace
eso parece un niño.
Me tiré encima de él y caímos
rodando, abrazándonos y riéndonos como cuando nos acabábamos de conocer. El
agua estaba helada, pero en ese momento no me importaba. Tenía toda mi atención
puesta en el chico rubio que tenía delante, el cual ya estaba empapado de la
cabeza a los pies y tenía medio cuerpo sumergido en el agua.
Me penetraba con la mirada
mientras me tenía hipnotizada con sus ojos azules. No me había fijado en lo
guapo que era hasta ese momento que lo tenía tan cerca y la camiseta se le
pegaba al cuerpo. Se le marcaban los músculos, los abdominales y los
pectorales. Vamos, se tiene que decir, el chico estaba como un tren, y lo
seguirá estando si es que sigue vivo. Entonces entendí porque las chicas le
iban detrás y cada día tenía nuevas admiradoras en el pueblo. Me di cuenta de
que yo estaba en la misma situación, y que él no me quitaba los ojos de encima.
-Para de mirarme de esta manera.
–le solté.
-¿De qué manera?
-Pues así, tal y como lo estás
haciendo ahora.
-No te entiendo. Te estoy
mirando como lo hago cada día.
-Tonto.-le empujé e intenté
salir rápidamente del agua, pero él fue más rápido, me cogió por la cintura y
me pego a su cuerpo. Intenté deshacerme de su abrazo, pero solo conseguí que se
desequilibrara y que los dos aterrizáramos dentro del agua nuevamente.
-No te vas a escapar. –dijo
abrazándome cada vez más fuerte.- Esta vez no, ya no soy aquel niño que tenía
dieciséis años, al cual empujabas en el río y salías corriendo en dirección a
tu casa. –una sonrisa le alegró la cara.
-Suéltame, suéltame. –grité
entre risas.
-No, si yo me ahogo, tú te
ahogas conmigo.
-¡Oh! Qué final más conmovedor.
Parece una historia de amor trágica como las que hacían en el cine.
-A que sí. Yo voy para
guionista, ya verás, pronto me convertiré en el mejor guionista y director del
mundo.
-Sí, sí. Ahora quiero salir del
agua. ¡Está helada!
-Vale, pero yo primero. -dijo
empujándome, a continuación salió del agua.
En cuanto llegué a la orilla,
estando todavía dentro del agua, le fulminé con la mirada y el empezó a reírse.
-¿Has visto? Esta vez gano yo.
–me dedicó una sonrisa espectacular. Que guapo que estaba. Me lo quedé mirando
un buen rato. Se veía como el sol marcaba su silueta y era una imagen que me
hubiese gustado poder capturar… para siempre…
-¿En qué estás pensando Casia?
–me preguntó mientras se mordía el labio inferior.
-Que mojado te ves muy guapo.
–le solté sin siquiera pensar en lo que le iba a responder.
-Ah, gracias. –me respondió
mirando el suelo.
-Bueno, me podrías ayudar a
subir. ¿No? –asintió, se acercó y agarró la mano que yo le había tendido.
Estiré con fuerza hacia mí y el calló en medio del río. Subí corriendo mientras
me reía.
-Eso no se vale, es jugar sucio. –me dijo
desde el agua.
-Recuerdo una frase que leí en
un libro, “en el amor y en la guerra todo se vale”. Y al final he ganado yo.
Me estiré en la hierba, el vino
y se estiró a mi lado. Al cabo de un rato se sentó y me dijo:
-Esta puesta de sol es magnífica.
Desde aquí tenemos unas vistas preciosas. –me giré. Se había quitado la
camiseta y contemplaba el horizonte. Su cuerpo resplandecía y los últimos rayos
de sol se veían reflejados en el.- La puesta de sol a un lado y la luna al
otro, es como un cuadro. ¿Y a ti que te parece?
-Si. – respondí- Desde aquí
tengo una vista perfecta. Si pudiese, me gustaría poder parar el tiempo y así
disfrutar más de ella.
-¿De qué estás hablando? – me
estaba mirando con una gran sonrisa-¿De mi o de la puesta de sol?
Me sonrojé, me estiré de nuevo
en la hierba y miré hacia el cielo.
-¿Qué miras?-le espeté de
repente- ¿Por qué me miras tanto?
-Solo veo que el agua te
favorece mucho, y las curvas de tu cuerpo están más bien definidas. ¿Sabes?
Estás muy guapa.
Se agachó hacia mí y acercó su rostro al
mío. Cuando nuestros labios se empezaron a rozar, se apartó.
-Ya está anocheciendo. Será
mejor que nos vayamos a casa, tengo que ir a buscar a Lara, lleva en casa de
Tayla des de las dos del mediodía. Esa chica y su abuela me salvan la vida. No
se cómo podría vivir con Lara detrás de mi día y noche. Ja ja ja.
-Mickaël, yo…
-Déjalo aquí. Como pase unos
minutos más a solas contigo en este lugar, y mojados tal y como lo estamos,
temo cometer una locura. Y tú y yo solo somos amigos. ¿No?
No le respondí y creo que él tampoco
esperaba una respuesta. ¿O sí? Bueno, en resumen, era una situación muy
incómoda y de camino a mi casa nadie dijo ni una palabra.
Habíamos llegado a la puerta de
mi casa y mamá me había abierto. Lo invitó a entrar a cenar, pero el rechazo su
invitación con el pretexto de que tenía que ir a buscar a su hermana a casa de
la vecina. Mamá le sonrió y nos dejó a solas.
-Bueno, nos vemos mañana.
–cuando ya había dado unos seis pasos, me di cuenta de que esto no podía acabar
así.
-Espera Mickaël. –me acerqué a él
y le di un beso en la mejilla.- Hasta mañana.
Cerré la puerta, subí las
escaleras y me encerré en mi habitación.
Esa tarde que pasé con Mickaël
me hizo recordar el primer día que empecé a salir con Guido, hace cuatro años,
tres meses, dos semanas y dieciocho días. Estoy emparanoiada.
Acababa de tocar el timbre y me
dispuse a marcharme a casa, él se me acercó y me preguntó si quería ir a dar
una vuelta. Yo estaba locamente enamorada de él. Édric mi mejor amigo lo sabía
y gracias a su ayuda y sus consejos conseguí declararme. Ese día fuimos a la
playa y nos sentemos en la orilla.
Estábamos un poquito cortados ya
que la situación era bastante incómoda.
Empezamos a hablar del cole, ya
que los dos íbamos a la misma clase des de hace dos años. Yo me había fijado en
él unos meses atrás. Teníamos varias cosas en común, nos gustaba la misma
música, los mismos programas, los mismos lugares… Y allí obtuve mi primer beso.
Éramos el uno para el otro.
Vamos, eso creía yo.
Bueno, eso es pasado pisado, y si pasó lo que
pasó, será porqué en el futuro me espera algo mejor.
<…>
Volviendo al presente. El suelo
está temblando, e intuyo que esto es obra de los soldados. Abrazo a Dean con
todas mis fuerzas, ya que están empezando a caer trozos del techo y no quiero
que resulte herido.
La estantería vuela en pedazos y
nos deja al descubierto. Los soldados sabían que estábamos aquí y han utilizado
el mismo tanque o sea lo que sea esta cosa, con el que mataron a mamá para poder
entrar.
Entran los soldados y nos acorralan. Nos
separan y uno de ellos coge a Dean del brazo dándome la espalda. Me lanzo
contra el para liberar a mi hermano y él se deshace de mi ataque con tan solo
un movimiento. Al instante se lleva la mano al cuello, porqué le he arañado.
-¡A la Damien! ¿Cómo dejas que
una chica te haga eso? –dice uno de los soldados y todos empiezan a reírse
excepto el que me había visto junto a los cuerpos de mis padre y tres más que
se encuentran plantados en el inicio de la escalera.
-Llevaros al niño. Voy a enseñar
a esta chica modales.
Agarro a Dean de la mano, le
prometí que nadie le separaría de mí. Dos soldados lo cogen mientras al que
llamaron Damien, que obviamente es el mandamás me agarra a mí de la
cintura.
Nuestras manos empiezan a
separarse, mis piernas pierden fuerzas, me caigo y la foto se rompe en dos
trozos, uno se lo lleva Dean y el otro se queda entre mis manos.
Oigo como los gritos de Dean se
alejan. Gritos que no podré sacar jamás de mi cabeza. Me levanto rápidamente e intento seguirles
pero el soldado me lo impide.
-Vale pequeña, con esto
aprenderás a no ponerte en contra de la voluntad de un hombre. Puede ser muy
peligroso…
Se me acerca e intenta quitarme la blusa
con movimientos lentos. Agarro el primer
objeto que tengo cerca e impulsivamente lo lanzo contra él. Por desgracia se da
cuenta y me agarra la mano con una fuerza descomunal hasta que consigue que
tire el arma que tengo en mi mano.
-No deberías haber jugado con
fuego, pequeña. Porqué ahora te quemarás. -me tira al suelo y recibo un fuerte
golpe en la cabeza.
Todo empieza a estar borroso y
el único recuerdo que me queda es la imagen de él agachándose sobre mí, con esa
sonrisa malévola que me acechará durante meses en mis sueños y visitará mis
peores pesadillas cada vez más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario