viernes, 19 de diciembre de 2014

Capítulo 3

Capítulo 3:

-Casia, Casia. Me he caído y me duele mucho la cabeza.
Dean está vivo y siento como su voz retumba una y otra vez en mi cabeza.
-Ayúdame a empujar, soy pequeño y yo solo no puedo. –enseguida empujo con él y la estantería se mueve centímetro a centímetro.
Siento como miles de pasos se acercan desde todas las direcciones. Hay suficiente espacio para que yo quepa. Me arrastro rápidamente hacia dentro, Dean se apoya en la pared y la estantería se vuelve a cerrar de golpe. Siento un horrible dolor en el tobillo.
¡Oh no! No he tenido tiempo de meter todo mi cuerpo, el pie izquierdo se me ha quedado encallado entre la pared y la estantería. Los soldados empiezan a correr por haber escuchado el ruido y están muy cerca.

Mi hermano me empieza a estirar y justamente cuando veo las botas de un soldado asomarse por la esquina de la pared que los separa de nosotros, logro sacar el pie y se oye un gran estruendo. Caemos rodando por las escaleras y nos chocamos contra la pared.
-¿Qué ha sido eso?
-No lo sé, se habrá derrumbado alguna pared.
-¿Dónde está la chica Cédryck? –dice una voz que me parece familiar.
-Estaba aquí. Te lo juro, la he visto, sentada al lado de los escombros, en cuanto se ha dado cuenta que la había visto, se levantó y hecho a correr hacia aquí. –parece muy nervioso el tal Cédryck -.
-¿No habrás bebido en horas de vigilancia? –pregunta de nuevo la voz conocida-. Sabes que os lo tengo prohibido.
-Solo un poco, y no me lo he imaginado, solo he bebido un trago.
-Cas… -le tapo la boca a mi hermano y él señala con un tembloroso dedo hacia mi pie que está ensangrentado.
-Te lo prohibí y me has desobedecido. Tu más que nadie sabes qué todavía no ha nacido alguien que me lleve la contraria, ni el gobernador, me tiene un cariño especial y si yo digo algo lo acepta tal y cual. Ya sabes que quien no sigue mis órdenes lo pasa mal, y si no te mato, es porque eres unos de mis mejores hombres. La verdad es que eres el único, ya que todos estos son unos mocosos.
-Lo siento señor, no lo volveré a hacer.
-Venga, ahora todo el mundo a su puesto.
No quito mi mano de la boca de Dean hasta que estoy segura de que se han marchado. Busco en los bolsillos de mis pantalones unas cerillas y enciendo la vela que está pegada en la pared.
Dean me trae las mochilas, abro la mía y busco en su interior. Saco una botella de alcohol, unas gasas y una venda.
Me quito la zapatilla deportiva, la herida parece muy profunda, pero no creo que me haya roto nada.
Recuerdo, cuando tenía siete años me caí en el parque de enfrente de casa y me hice un corte bastante profundo en la pierna. Héctor, mi primo que es 5 años mayor que yo, fue corriendo a avisar a mi madre. En cambio su hermano, un año mayor que yo miro mi herida horrorizado y al cabo de unos segundos se desmayó.
Mamá se puso a chillar como una histérica, la tía Miriam, fue corriendo a ver que le había sucedido a su hijo y papá se sentó a mi lado mientras me examinaba la herida. Héctor trajo el maletín de primeros auxilios y mi padre cogió una botellita y unas gasas. Cuando se dispuso a desinfectar mi herida una gota de ese líquido calló sobre mi pierna y empecé a gritar. Héctor me dio una toalla la cual empecé a morder mientras papá hacía su trabajo. No son mis primos realmente, lo único que nos emparienta, es mi tío que es el padrastro de los hijos de Miriam.

Cojo una camiseta de la mochila y me la meto en la boca acto seguido derramo parte del líquido en mi pierna. Me escuece mucho, me pongo unas gasas y me vendo el tobillo a toda pastilla. Dean me mira con horror y se toca una pequeña herida que tiene en la cabeza.
Me acerco para curarle y él se aparta de mí. Lo agarro del brazo y le curo a la fuerza.
Cuando guardo todo en la mochila de nuevo le pregunto:
-¿Cómo has conseguido que la puerta se cierre a esa velocidad?
-No sé, me canse y me apoyé en la pared. Entonces se cerró. –responde confuso.
 ¿Automáticamente? No puede ser, eso quiere decir que hay un botón que puede hacer eso. Me levanto a poco a poco, subo las escaleras y palpo la pared con cuidado, allá donde está la puerta.
-¡Aquí esta! Ostras, podrías haberlo encontrado antes.
-¿Eing?
-Nada. Mira, tengo la foto.
-A ver, a ver. –dice muy entusiasmado, yo bajo las escaleras hasta estar junto a él.
-Ven, siéntate a mi lado y la veremos juntos. –Me siento en el suelo y cojo la foto. La quito del marco que está roto. La giro y allí estamos, una familia feliz. Todavía recuerdo aquel día, fue el año pasado cuando cumplí los dieciocho.
Mamá se puso su vestido verde, uno que le gustaba mucho, y dejó caer su mata de pelo dorada, la cual siempre tenía recogida.  Dio color a sus mejillas, siguiendo mis consejos, y sacó su mejor sonrisa, tímida, sí, pero al fin y al cabo, una sonrisa.
De pie junto a ella estaba papá, llevaba puesto su traje negro con corbata incluida. Yo y Dean nos reímos de él porque nunca lo habíamos visto vestido así excepto en las fotos de su boda con mamá.
Delante de él estaba Dean poniendo morros, no quería hacerse la foto y tampoco quería llevar puesto ese traje beige, una diminuta copia del de papá.
Sentada delante de mamá estaba yo, el alma de la fiesta. Con un vestido demasiado corto para el gusto de mi padre. Me dio mucha guerra diciendo que no podía ir vestida así, que era muy corto, pero mamá le convenció. Y con una sonrisa espectacular, o eso dijo…


<…>


¡MICKAËL!  
Han pasado tantas cosas que no me he acordado de él. ¿Estará muerto?
No, no. No me puede dejar, no voy a poder seguir adelante sin él, ya he tenido bastante con la muerte de mis padres. Seguro que está a salvo con Lara su hermana pequeña. Se habrán escondido en la cueva que encontremos hace un par de semanas.
Tengo tantas ganas de verlo. Vaya, que extraño. He dicho que lo echo de menos. Si me lo hubiesen dicho hace unos minutos no me lo habría creído. Es imposible extrañar a alguien que te está pisando los talones día y noche.

Todavía recuerdo el día que encontremos la cueva, había dicho:
-Este será nuestro pequeño escondite. ¿Qué te parece?
-Vale, pero… ¿De qué nos vamos a esconder? –pregunté curiosa, ya que todo lo que decía Mickaël tenía sentido.
-Pues no se, de la gente, del presente, de la vida, de nuestros hermanos, m…
-Me gusta tu última idea.-esos críos son agobiantes cuando están juntos.
-M… de la guerra. –dijo satisfecho- Este sitio nos serviría, seguro que aquí no nos encuentran.
-¿Qué? –pregunté incrédula.
-Sí. Me apuesto lo que quieras que cuando muera nuestro gobernador, que no le debe de quedar mucho, estallará una guerra.
-¿Pero qué has bebido Mickaël?
-Nada Casia, ya sé que nadie me cree, pero estoy seguro de lo que digo.
-¿Por qué? ¿Acaso sabes algo que los demás no sepamos ya?
-No, simplemente se algo que vosotros no queréis aceptar.
-¿Otra vez con tu teoría? Venga Mickaël, sube al árbol y madura. No va a haber ninguna guerra, por si no lo recuerdas, hace cinco años firmaron un contrato de paz, y por eso estoy aquí, si lo hubieran quebrantado, a mí no me habrían dejado entrar. – es irónico, soy yo la que siempre está diciendo tonterías y el, el que me hace entrar en razón. Entonces creía que Mickaël se estaba equivocando y ahora me he dado cuenta de que decía la verdad. Este chico es muy listo, espero que siga vivo.
-¿Acaso crees que un papel puede romper con la ambición de un hombre poderoso? No Casia, cuando nuestro gobernador muera, el otro intentará conquistar estas tierras. Todo esto, -dijo señalando todo lo que teníamos a nuestro alrededor, el rio, el prado, las casas del pueblo que se veían muy pequeñas… -estará destrozado.  Y como el señor Gobernador no tiene un hijo que lo suplemente, el contrato no será válido.
Y tú sabes tanto como yo, que este continente no tiene un ejército para que nos defiendan. –dijo enfadado.
-Mickaël, para de decir eso. No seas idiota y entiende que todo lo que dices es una tontería. Como sigas diciendo esto, al final se pensarán que eres un brujo que llama al mal tiempo y te quemarán a la hoguera. –dije para aliviar la situación, a Mickaël es mejor tenerlo como amigo, que como enemigo.
-Tú tampoco me crees. Casia… -suspiró y empezó a deshacer el camino que había hecho para enseñarme su gran descubrimiento.
-Mickaël, lo siento pero…
Me levanté y salí corriendo detrás de él.
-Mickaël, espera.-pasó olímpicamente de mí y tuve que correr más para llegar a su lado.
-¡Mickaël! ¿Me oyes? –este chico es un terco, si se propone no hablarte, no te habla.
Me quedé atrás, mientras él seguía caminando malhumorado.
-¡MICKAËL!-grité repentinamente mientras me caía al suelo.
Dio media vuelta y hecho a correr en mi dirección.
-Casia. ¿Qué tienes? ¿Qué te ha pasado? ¿Te ha mordido una cobra, una tarántula?
-No. –dije con la respiración entre cortada- Mickaël creo que me estoy muriendo.
-Casia no digas eso. ¿Pero qué te ha pasado? Dímelo.
-Mickaël, no puedo respirar, ayúdame. –puso mi mano entre las suyas, y empezó a acariciarme la mejilla.
-No, no me digas eso. Casia, no me dejes solo por favor. Yo, yo… Te necesito. -Unas pequeñas lágrimas empezaron a recorrerle la cara. Ya no podía aguantar más.
 -Mickaël, me muero… me muero… de la risa. Ja ja ja –me soltó la mano y se levantó mientras se secaba las lágrimas. Yo en cambio, me empecé a reír.
-Tendrías que haber visto tu cara Mickaël. Ja ja ja. No sé cómo te lo has podido tragar. –dije sin parar de reírme. Él se sentó y me dio la espalda.
-Déjame en paz. Eso no se hace Casia, como sigas haciendo este tipo de bromas, el día que te pase algo no te voy a creer.
-¿Es una amenaza? –pregunté mientras me levantaba del suelo y me sacudía el polvo. Me senté a su lado. La hierba de la pradera estaba un poco húmeda, el río estaba debajo de nosotros, la pradera tenía una pequeña pendiente y el agua tenía un aspecto apetitoso. - ¿No me vas a hablar?
Negó con la cabeza. Cuando hace eso parece un niño.
Me tiré encima de él y caímos rodando, abrazándonos y riéndonos como cuando nos acabábamos de conocer. El agua estaba helada, pero en ese momento no me importaba. Tenía toda mi atención puesta en el chico rubio que tenía delante, el cual ya estaba empapado de la cabeza a los pies y tenía medio cuerpo sumergido en el agua.
Me penetraba con la mirada mientras me tenía hipnotizada con sus ojos azules. No me había fijado en lo guapo que era hasta ese momento que lo tenía tan cerca y la camiseta se le pegaba al cuerpo. Se le marcaban los músculos, los abdominales y los pectorales. Vamos, se tiene que decir, el chico estaba como un tren, y lo seguirá estando si es que sigue vivo. Entonces entendí porque las chicas le iban detrás y cada día tenía nuevas admiradoras en el pueblo. Me di cuenta de que yo estaba en la misma situación, y que él no me quitaba los ojos de encima.
-Para de mirarme de esta manera. –le solté.
-¿De qué manera?
-Pues así, tal y como lo estás haciendo ahora.
-No te entiendo. Te estoy mirando como lo hago cada día.
-Tonto.-le empujé e intenté salir rápidamente del agua, pero él fue más rápido, me cogió por la cintura y me pego a su cuerpo. Intenté deshacerme de su abrazo, pero solo conseguí que se desequilibrara y que los dos aterrizáramos dentro del agua nuevamente. 
-No te vas a escapar. –dijo abrazándome cada vez más fuerte.- Esta vez no, ya no soy aquel niño que tenía dieciséis años, al cual empujabas en el río y salías corriendo en dirección a tu casa.  –una sonrisa le alegró la cara.
-Suéltame, suéltame. –grité entre risas.
-No, si yo me ahogo, tú te ahogas conmigo.
-¡Oh! Qué final más conmovedor. Parece una historia de amor trágica como las que hacían en el cine.
-A que sí. Yo voy para guionista, ya verás, pronto me convertiré en el mejor guionista y director del mundo.
-Sí, sí. Ahora quiero salir del agua. ¡Está helada!
-Vale, pero yo primero. -dijo empujándome, a continuación salió del agua.  
En cuanto llegué a la orilla, estando todavía dentro del agua, le fulminé con la mirada y el empezó a reírse.
-¿Has visto? Esta vez gano yo. –me dedicó una sonrisa espectacular. Que guapo que estaba. Me lo quedé mirando un buen rato. Se veía como el sol marcaba su silueta y era una imagen que me hubiese gustado poder capturar… para siempre…

-¿En qué estás pensando Casia? –me preguntó mientras se mordía el labio inferior.
-Que mojado te ves muy guapo. –le solté sin siquiera pensar en lo que le iba a responder.
-Ah, gracias. –me respondió mirando el suelo.
-Bueno, me podrías ayudar a subir. ¿No? –asintió, se acercó y agarró la mano que yo le había tendido. Estiré con fuerza hacia mí y el calló en medio del río. Subí corriendo mientras me reía.
 -Eso no se vale, es jugar sucio. –me dijo desde el agua.
-Recuerdo una frase que leí en un libro, “en el amor y en la guerra todo se vale”. Y al final he ganado yo.
Me estiré en la hierba, el vino y se estiró a mi lado. Al cabo de un rato se sentó y me dijo:
-Esta puesta de sol es magnífica. Desde aquí tenemos unas vistas preciosas. –me giré. Se había quitado la camiseta y contemplaba el horizonte. Su cuerpo resplandecía y los últimos rayos de sol se veían reflejados en el.- La puesta de sol a un lado y la luna al otro, es como un cuadro. ¿Y a ti que te parece?
-Si. – respondí- Desde aquí tengo una vista perfecta. Si pudiese, me gustaría poder parar el tiempo y así disfrutar más de ella.
-¿De qué estás hablando? – me estaba mirando con una gran sonrisa-¿De mi o de la puesta de sol?
Me sonrojé, me estiré de nuevo en la hierba y miré hacia el cielo.
-¿Qué miras?-le espeté de repente- ¿Por qué me miras tanto?
-Solo veo que el agua te favorece mucho, y las curvas de tu cuerpo están más bien definidas. ¿Sabes? Estás muy guapa.
     Se agachó hacia mí y acercó su rostro al mío. Cuando nuestros labios se empezaron a rozar, se apartó.
-Ya está anocheciendo. Será mejor que nos vayamos a casa, tengo que ir a buscar a Lara, lleva en casa de Tayla des de las dos del mediodía. Esa chica y su abuela me salvan la vida. No se cómo podría vivir con Lara detrás de mi día y noche. Ja ja ja.
 -Mickaël, yo…
-Déjalo aquí. Como pase unos minutos más a solas contigo en este lugar, y mojados tal y como lo estamos, temo cometer una locura. Y tú y yo solo somos amigos. ¿No?
    No le respondí y creo que él tampoco esperaba una respuesta. ¿O sí? Bueno, en resumen, era una situación muy incómoda y de camino a mi casa nadie dijo ni una palabra.

Habíamos llegado a la puerta de mi casa y mamá me había abierto. Lo invitó a entrar a cenar, pero el rechazo su invitación con el pretexto de que tenía que ir a buscar a su hermana a casa de la vecina. Mamá le sonrió y nos dejó a solas.
-Bueno, nos vemos mañana. –cuando ya había dado unos seis pasos, me di cuenta de que esto no podía acabar así.
-Espera Mickaël. –me acerqué a él y le di un beso en la mejilla.- Hasta mañana.
Cerré la puerta, subí las escaleras y me encerré en mi habitación.
Esa tarde que pasé con Mickaël me hizo recordar el primer día que empecé a salir con Guido, hace cuatro años, tres meses, dos semanas y dieciocho días. Estoy emparanoiada.
Acababa de tocar el timbre y me dispuse a marcharme a casa, él se me acercó y me preguntó si quería ir a dar una vuelta. Yo estaba locamente enamorada de él. Édric mi mejor amigo lo sabía y gracias a su ayuda y sus consejos conseguí declararme. Ese día fuimos a la playa y nos sentemos en la orilla.
Estábamos un poquito cortados ya que la situación era bastante incómoda.
Empezamos a hablar del cole, ya que los dos íbamos a la misma clase des de hace dos años. Yo me había fijado en él unos meses atrás. Teníamos varias cosas en común, nos gustaba la misma música, los mismos programas, los mismos lugares… Y allí obtuve mi primer beso.
Éramos el uno para el otro. Vamos, eso creía yo.
 Bueno, eso es pasado pisado, y si pasó lo que pasó, será porqué en el futuro me espera algo mejor.


<…>


Volviendo al presente. El suelo está temblando, e intuyo que esto es obra de los soldados. Abrazo a Dean con todas mis fuerzas, ya que están empezando a caer trozos del techo y no quiero que resulte herido.
La estantería vuela en pedazos y nos deja al descubierto. Los soldados sabían que estábamos aquí y han utilizado el mismo tanque o sea lo que sea esta cosa, con el que mataron a mamá para poder entrar.
 Entran los soldados y nos acorralan. Nos separan y uno de ellos coge a Dean del brazo dándome la espalda. Me lanzo contra el para liberar a mi hermano y él se deshace de mi ataque con tan solo un movimiento. Al instante se lleva la mano al cuello, porqué le he arañado.
-¡A la Damien! ¿Cómo dejas que una chica te haga eso? –dice uno de los soldados y todos empiezan a reírse excepto el que me había visto junto a los cuerpos de mis padre y tres más que se encuentran plantados en el inicio de la escalera.  
-Llevaros al niño. Voy a enseñar a esta chica modales.
Agarro a Dean de la mano, le prometí que nadie le separaría de mí. Dos soldados lo cogen mientras al que llamaron Damien, que obviamente es el mandamás me agarra a mí de la cintura. 
Nuestras manos empiezan a separarse, mis piernas pierden fuerzas, me caigo y la foto se rompe en dos trozos, uno se lo lleva Dean y el otro se queda entre mis manos.
Oigo como los gritos de Dean se alejan. Gritos que no podré sacar jamás de mi cabeza.  Me levanto rápidamente e intento seguirles pero el soldado me lo impide. 
-Vale pequeña, con esto aprenderás a no ponerte en contra de la voluntad de un hombre. Puede ser muy peligroso…
    Se me acerca e intenta quitarme la blusa con movimientos lentos.  Agarro el primer objeto que tengo cerca e impulsivamente lo lanzo contra él. Por desgracia se da cuenta y me agarra la mano con una fuerza descomunal hasta que consigue que tire el arma que tengo en mi mano.
-No deberías haber jugado con fuego, pequeña. Porqué ahora te quemarás. -me tira al suelo y recibo un fuerte golpe en la cabeza.

Todo empieza a estar borroso y el único recuerdo que me queda es la imagen de él agachándose sobre mí, con esa sonrisa malévola que me acechará durante meses en mis sueños y visitará mis peores pesadillas cada vez más. 
  

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