viernes, 19 de diciembre de 2014

Capítulo 4

Capítulo 4:

¿Qué ha pasado? ¿Dean?
-Mierda. No puede ser ¿Dean? ¿Dónde estás? Contéstame, venga Dean que esto no hace gracia.
Joder, espera... ¿Damien? O no, se han llevado a Dean. Lo han separado de mí, lo han matado, son unos asesinos.
No, si lo hubiesen querido matar lo habrían hecho en el momento en que nos han visto, igual que hicieron con papá y mamá.
Damien. ¿Quién es él? ¿Qué me ha hecho? ¿Por qué a mí no me han llevado con ellos?
¿Qué me ha hecho? ¿Por qué me ha dejado con vida? Son demasiadas preguntas que no haciendo nada no voy a poder resolver.


Me siento sola, ya no tengo a nadie que responda a mis preguntas y que me pueda consolar. En unos minutos me han arrebatado toda mi vida. Me hago un ovillo y empiezo a llorar. Ese maldito soldado me ha destrozado la vida, y encima ha alejado a mi hermano de mí.  
Tengo que ir a buscar a Dean, me necesita y ellos no saben nada sobre él. Pero solo tengo ganas de llorar. Me pongo la blusa que la he encontrado unos centímetros lejos de mí. Ahora es cuando los necesito a mi lado y salgo en busca de ellos.
Los encuentro donde los había dejado, no puedo soportar verlos de esta manera. Ellos no se merecían morir así. Eran felices, se querían y sobre todo tenían una gran vida por vivir juntos. Me estiro junto a mi padre y lo abrazo mientras hago que el pase un brazo por encima de mí. Acaricio la mano de mi madre y consigo dormir.


<…>


-¡No! –solo ha sido una pesadilla, una horrible pesadilla.
Me he dormido pensando que todo era como cuando tenía seis años e iba a dormir con mis padres porque había tenido una pesadilla. He soñado con Dean, lo habían encerrado en una habitación a oscuras y el lloraba desesperadamente, gritando mi nombre. De repente Dean desaparecía y era yo la prisionera. Estaba acurrucada en una esquina, temiendo de algo. Miraba de un lado a otro hasta que conseguía llegar a visualizar una silueta. La silueta pertenecía a un hombre. Poco a poco, la luz de la luna que entraba por entre los barrotes de la celda me dejaba ver su rostro. Tenía los ojos azules, que me eran muy familiar, seguidamente se me acercaba con movimientos lentos, y cuando estaba a escasos centímetros de mí su cara se le iluminaba con una sonrisa. LA MISMA SONRISA que vi antes de quedar inconsciente. Entonces me he despertado.   
No puedo seguir así, tengo que ir a buscar a mi hermano, debo conseguir hacer que vuelva a mi lado sea como sea.
Pero tengo que asegurarme de que Mickaël i Lara están bien. Como Mickaël no siga vivo, me suicido.
Salgo de las ruinas que quedan del sótano y camino por los escombros que quedan de mi casa.
Antes debo enterrar a mis padres. Ellos no merecen quedarse aquí en esta pocilga. Me dirijo a lo que queda del patio trasero cabo dos tumbas y los entierro. Cojo un par de rosas marchitas y se las pongo. Las lágrimas vuelven a mis ojos y de nuevo se deslizan por mi cara. Ahora que vuelvo a recordar la cara de Damien se el porque me era tan familiar. Él es uno de los soldados que mataron a mis padres, él se acercó al cuerpo de mi madre inerte y dijo que fue un desperdicio matarla, que era muy bella.
-Prometo, que lo va a pagar. Por vuestra muerte, por el secuestro de Dean y por haberme tocado. Lo prometo. –dirijo una última mirada a la tumba de mis padres y me voy en busca de mi amigo con sed de venganza. Lo pagará, Damien lo pagará.
Vuelvo corriendo al sótano y cojo la mochila que papá me dio y el trozo de la foto que me queda. Se rompió y yo me he quedado con esta parte en la que aparecen papá y Dean. La guardo en el bolsillo de mis vaqueros para que no se me pierda.
Empiezo a correr atenta por si veo a algún soldado. Corro todo lo rápido que puedo y me escondo detrás de una columna.
-Joder, Damien me tiene arto. Se cree que por ser el mimado de Ylris tiene derecho a hacer lo que quiere. –hay cuatro soldados delante de mí, y aguanto la respiración para que no me descubran.
Dos están sentados dándome la espalda, el de la derecha es rubio, el de la izquierda moreno y tiene agarrado su pelo con una coleta.  Otro está estirado boca abajo, delante de los dos primeros y es pelirrojo. El cuarto está de pie, puede verme así que decido no volver a asomarme.
El que está enfrente de mi es al que llamaron… m… creo que era algo como, ¿Cenjyr? No. ¿Sendric? Tampoco. M…
-Oye Cédryck. –eso, Cédryck ese era su nombre- ¿No te parece que Damien se a pasado un poco con esa chica? No tenía por qué hacerle nada. –sigue el que estaba tumbado, que con un bote se sienta con las piernas cruzadas.
-Si. Definitivamente, Damien se está volviendo loco. La ambición está acabando con el antiguo chico que conocí en el colegio. –responde Cédryck. En su voz se nota un matiz de pena, el cual parece evocar tiempos pasados. – Pero en parte también es culpa de los chavales nuevos. Es mejor no desafiar a Damien, desde que era pequeño que tenía una gran debilidad con los desafíos. Recuerdo que a los dieciséis, una vez le dijeron que no se atrevía a tirarse des de un puente y el muy tonto lo hizo.
-¿Y qué le paso? –dice el pelirrojo interesado por la historia. Me entra curiosidad de ver el rostro de Cédryck mientras sigue explicando y me vuelvo a asomar. Sus ojos están mirando el suelo y se les ve muy triste.
-Se pasó dos meses en el hospital, lamentándose y jurando que no volvería a hacer caso a ninguna provocación y se olvidó del juramento en cuanto salió. 
-Es verdad, tú y el sois amigos desde pequeños. ¿Cómo era el antes? – pregunta el rubio.
-Un chico normal, el dinero no le importaba. Pero desde que sabe que tiene oportunidad de gobernar el mundo, ha cambiado.
-¿Cuántos años tienes?- pregunta el tercero.
-Veintidós. –responde el con una sonrisa.
-Pues parece que tengas más. Para mí ya sabes que eres como un hermano mayor y yo solo tengo veinte. –le dice el tercero.-En cambio Damien es como si tuviese diecisiete o dieciocho igual que los soldaditos que tenemos entre nosotros.
-Ya lo sé. Uno de los dos tenía que madurar y ese he tenido que ser yo. –levanta la mirada y mira hacia el cielo.
-¿En qué estás pensando? –pregunta el pelirrojo.
-Esa chica, su rostro. Me parece haberlo visto en algún lugar.  No sé dónde, pero tengo un vago recuerdo de una imagen del mismo rostro, pero… No, no consigo recordar donde. -baja la vista y me mira a los ojos. Me escondo de nuevo con la esperanza de que ha sido mi imaginación que me está jugando una mala pasada.
-¿Dónde vas? –pregunta uno de los soldados, no consigo identificar quien es.
Siento como una mano se cierra sobre mi muñeca y me estira hacia adelante. El empieza a correr y me arrastra detrás de él.
-¿Qué haces aquí? –me pregunta- Como te  vean estarás metida en un buen lío.
-Lo siento. –eso es lo único que consigo pronunciar. ¿Por qué me disculpo? Soy una idiota.
-¿Te conozco? – sé que debería estar asustada, pero no sé porque con el me siento tranquila- No sé dónde te he visto.
-No. Bueno me has visto en el sótano.
-No, me parece que te he visto en otro sitio, en otras circunstancias, en ¿otro tiempo?
-Me estás confundiendo.
-Siento lo de antes niña, no podía hacer nada. –asiento con la cabeza, aceptando sus disculpas. En realidad tiene razón, no creo que haya nadie en este mundo capaz de enfrentarse a esa bestia.- Deberías irte. ¿Tienes pensado a dónde vas a ir?
-Si.
-Pues corre, corre sin mirar atrás, pero ten cuidado, cuando llegues bajo esos árboles. Hay un par de soldados jóvenes, y te aseguro que ellos no dudarán dispararte.
-¿Qué puedo hacer? –pregunto.
-Mmm… Escóndete detrás de este muro y cuando ellos pasen por aquí, vete.
Asiento con la cabeza y me escondo. Empieza a caminar y se vuelve hacia mí.
-De verdad, me parece que te conozco. –dice mirándome de arriba abajo. Suspira y se va.
Me asomo y lo veo hablando con esos soldados. Deben de tener mi edad y se supone que son unos salvajes que no les importa matar. 
Vienen corriendo hacia mi dirección los niños esos, y vuelvo a esconderme. Cuando pasan junto a mi ninguno me presta atención, es como si fuese un fantasma. Empiezo a correr.
Diviso una pistola encima de una pila de escombros y corro en su dirección. La cojo y sigo con mi carrera. Quien sabe, a lo mejor me encuentro con un psicópata que quiere matarme, entonces podré defenderme.
La verdad es que no se utilizar una pistola, nunca he tenido una entre mis manos. Pero recemos porque no tenga que averiguar cómo se dispara.
De repente aparece un soldado delante de mí. Esconde la mano detrás de la espalda, eso solo quiere decir que va a coger el arma.
Sin pensármelo una vez más lo apunto con mi pistola. Sí, ahora me pertenece y es mía.
En las películas primero se tenía que poner las balas, el segundo paso era cargar la pistola y el último apuntar al objetivo y pulsar el gatillo.
Solo espero que ya tenga balas en su interior. El segundo paso me lo salto porque no se hacerlo y ahora solo me queda apuntar y disparar.
Me paro y le apunto al corazón. Recuerdo cuando papá nos explicaba como lo prepararon por si había una guerra. Dijo que siempre que disparaba a algún animal, lo hacía en el pecho para que la muerte fuese rápida e indolora. Igualmente lo veo horroroso tener que utilizar animales para matarlos, y además lo de que sea indolora no me lo creo. Eso debe de doler que flipas.
El soldado levanta las manos y empieza a dar pasos lentos y muy cautelosos hacia mí.
-Tranquila preciosa. Sabes que con eso puedes hacer mucho daño ¿verdad? Dámela y ambos estaremos a salvo. –baja los brazos con cautela y dirige la mano derecha hacia su cintura.  
-I un cuerno. Ni se te ocurra, ya estás poniendo las manos detrás de la cabeza.
-No me vas a disparar. ¿He que no preciosa? Tú no harías algo semejante.
-Si me presionas, vas a ser hombre muerto. Tenlo por seguro. No voy a dudar en dispararte si no te apartes de mí camino. –me mira con cara de pocos amigos y levanta las manos.
-Yo de ti, tiraría el arma y echaría a correr, porque como te coja vas a desear no haber nacido.
-¿Eso es una amenaza?-digo sonriéndole- Te recuerdo que no estás en condiciones de amenazarme. Soy yo la que tiene el arma, no tú.
-Vamos a ver de lo que eres capaz. Estoy seguro de que lo único que sabes hacer es sonreír, que por cierto tienes una sonrisa preciosa, y a lo mejor algo más en la cama. –se está riendo en mi cara. ¿Quién se cree que es?
-Ya sé que mi sonrisa es preciosa, pero lo de la cama… creo que tu no lo vas a descubrir.
-Vaya, vaya. Además de guapa y graciosa, también eres una contestona. Dame la pistola y te dejaré vivir. 
-NO. No te me acerques.
-¿Por qué? ¿Me tienes miedo? –dice el mientras se me acerca más.
-Apártate o voy a disparar.
-Sí, ya.
Cojo el arma con ambas manos, cierro los ojos y disparo. ¿Lo he matado?
Oigo las carajadas de alguien. O sea, mato a uno de los suyos, y se ríen.
-Que buena puntería tienes preciosa. –dice el aplaudiendo- Creo que si disparas con los ojos abiertos, quizá algún día te conviertas en un gran soldado.
Abro los ojos y lo veo descojonándose.
-Eres un idiota.
-Sí, un idiota y todo lo que tú quieras, pero al menos si me propongo disparar le doy a mi objetivo aún que este a doscientos metros de distancia. En cambio tú, no le darías ni aunque lo tuvieras delante de tus narices.
     Siento como mi corazón se acelera de la cólera. Estoy cansada de que se burle de mí. Si tuviese el valor suficiente, lo mataría. Cargo la pistola, no sé cómo lo he hecho, pero he conseguido una segunda oportunidad para acabar con este cretino.
-No te me acerques más. Esta vez no pienso cerrar los ojos. –No lo puedo matar, pero nada me retiene a herirlo. Le apunto al muslo, aparte del pecho es el único sitio donde raras veces puedes fallar el tiro y además, no lo mataré.
Nos separan dos pasos, y como veo que no tiene intención de retroceder, le disparo. El suelta una maldición y cae al suelo.
-¿Ahora qué te parece? Se dice que el alumno es mejor que el maestro. Gracias por el consejo.
-Esto no va a quedar así.-dice el sacando la pistola, bueno eso no es una pistola. Es mucho más grande que la mía, y parece más peligrosa. Me tiro encima de el para que no me dispare y el muy tonto consigue inmovilizarme contra el suelo y ponerse sobre mí.
-Herido, pero agresivo. ¿No te parece preciosa? –sonríe y esa sonrisa me recuerda a la del soldado llamado Damien. Me empiezo a sacudir, no pienso pasar por lo mismo dos veces, y además si esa vez no me defendí como debía haber hecho fue porque estaba pensando solo en Dean, en donde se lo iban a llevar y en lo que le harían. Tampoco tenía un arma, cosa que ahora sí que tengo.
Me empieza a besar el cuello y le doy un fuerte golpe en la nuca con la pistola. Cae inerte encima de mí y me lo quito con un fuerte empujón. ¿Qué les pasa a los chicos? Parece que sea la única chica en este mundo de locos.
Cojo mi arma y la suya, y corro por la calle principal. A la izquierda antes se encontraba la panadería de la amiga de mamá. Ella siempre compraba aquí unos pasteles riquísimos. Esto que veo ahora no se parece para nada a la tienda que tenía en el escaparate miles de pasteles, todos con muy buena pinta.
No sé si reconoceré el camino des de aquí a casa de Mickaël ya que todo lo que tengo a mi alrededor está destrozado.
Recuerdo cuando Mickaël y yo les vendábamos los ojos a nuestros hermanos y los llevábamos de la panadería a la casa de él, contando todos los pasos. Sé que de aquí a la tienda de juguetes hay veinticinco pasos, después había que girar en la esquina y caminábamos diez pasos. Entrábamos a la tienda de gominolas y el dueño nos llamaba la atención. Todavía recuerdo su voz áspera diciendo:
< Esto es una tienda, no la calle principal para que vayáis arriba y abajo. Además Mickaël, tú ya eres bastante grandecito para hacer estas cosas. >
Nosotros salíamos corriendo. De la tienda de gominolas a la casa de los horrores, que es tal y como llamaba Dean a la peluquería. Siempre que acompañaba a mamá un montón de abuelas lo estrujaban en sus brazos, lo besaban y le estiraban del moflete. Había diez pasos.
Uno, dos, tres…
De la peluquería teníamos que ir al árbol más grande del parque. Que por lo que veo ahora está reducido a cenizas. Del árbol a la fuente que todavía sigue en pie y de allí a la casa de Mickaël había cien pasos.
Uno, dos, tres, cuatro…
Camino en silencio en línea recta y mirando al suelo.
Cuarenta y ocho, cuarenta y nueve, cincuenta…
No sé cómo voy a afrontar esto. Si no los encuentro aquí tendré que irme a la cueva pitando.
Noventa y ocho, noventa y nueve y cien.
Me quedo mirando al suelo, temiendo de ver solo los escombros de esa preciosa casita. 
Levanto la vista a poco, a poco y veo que todavía sigue en pie, sin ningún rasguño, con sus paredes azules y sus ventanas. Bien esto es una buena señal, así que seguramente mi amigo y su hermana siguen aquí tranquilamente y no les ha pasado nada. Me acerco a la puerta para picar y está entreabierta. La atravieso, camino por el pasillo y giro a la izquierda. En el salón no hay nadie. Miro dentro de la cocina y tampoco. Subo las escaleras miro en el interior de la habitación de Lara y solo hay peluches y juguetes. Incluso su osito favorito el Señor Caricias se encuentra estirado encima en la cama. Esto me da mala espina, ella nunca deja solo al oso soso. Lo quiere mucho ya que es lo único que tiene de sus padres, se lo compraron cuando todavía era un bebé, lo cojo. Salgo y me adentro en la habitación continua, la de Mickaël. Están todos los cajones abiertos, y la ropa por el suelo. Cojo el reloj de su padre de encima de la cómoda, y al igual que su hermana, siempre lo lleva encima, alrededor de su muñeca. Que extraño, ¡es imposible que se hayan ido sin coger las cosas que les dan más importancia! Eso solo quiere decir que no están aquí y que debo ir a la cueva. En cuanto estoy a punto de cruzar la habitación, dos personas entran por la puerta de la casa. Miro alrededor en busca de un escondite. El baúl parece grande y es el único sitio en el que puedo caber. Lo abro y saco toda la ropa que hay en él. Me siento dentro, cojo mis armas, el oso soso y el reloj. Le llamo oso soso porque es muy feo, los pongo junto a mí, vuelvo a coger la ropa, me la pongo encima y cierro el baúl.



-Oye tío, ¿en serio te lo ha hecho una chica? Lo siento, macho, pero es que me parece que es una excusa tonta. –dice uno, creo que son soldados, ya que aquí solo están ellos. La gente de aquí o ha muerto, está encerrada o ha huido. Eso supongo yo.
-Que si pesado. Ha sido una chica la que me ha disparado. –esa voz me suena, es del idiota de antes.
-No me lo creo. ¿Porque no dices la verdad Dec? Te has disparado a ti mismo, acéptalo. Una chica no te va a hacer eso, y además, llego a estar en tu lugar y haríamos otra cosa más divertida en vez de jugar a ver quién mata al otro. 
-Déjame en paz pesado.
-Vale tío. No hace falta que te enfades. Te dejo descansar y mañana hablamos.
Oigo como se remueven las sabanas y como el otro soldado sale de la habitación cerrando la puerta cariñosamente. Vale, ahora dejaré que el idiota se duerma y saldré de aquí pitando hacia la cueva.

<…>


Oigo unas voces de fondo, que cada vez se hacen más claras. Y la información empieza a procesarse en mi cerebro.
-¿Qué tal estás Dec?
-Mejor, aún que ahora me duele todo el cuerpo. 
-Te he traído el desayuno y luego te espera una ducha.
     O no, me he dormido. He perdido la oportunidad de escapar de este nido de pájaros carroñeros. Como me vean, me comen viva.
-Está buenísimo. ¿Cómo haces para preparar unos platos tan exquisitos? 
-Porque soy el amo. –que hambre que tengo.
-Y esa bandeja, ¿Para quién es?
-¿Y a ti que más te da? Vete a la ducha, esa es mía.
-Vale. No hace falta que muerdas.
-Vamos que te acompaño. –los pasos se van alejando y la puerta se cierra detrás de ellos. Me quedo en silencio durante un rato, finalmente abro el baúl, me levanto y me quito la ropa de encima.
Me giro para irme y…
Encima de la cama hay un soldado mirándome con una gran sonrisa y una bandeja en la mano.
Busco mi pistola, pero no la tengo encima, miro dentro del baúl y tampoco está. ¿Dónde la he metido? Maldita sea.
-¿Buscas esto? –dice el soldado con mi pistola en su mano.
-Dámela.
-No, porque si te la doy, no dudaras en dispararme y créeme, no quiero acabar como Dec.
-¿Porque no me matas de una vez?
-¿Debería hacerlo?
-Es lo que hacéis todos.
-Perdona guapa, a mí no me compares con esos. Yo no voy matando a quien no me ha hecho nada.
-Entonces, ¿qué haces aquí?
-Te estaba esperando para darte esto. –señala la bandeja con la cabeza-  Seguro que te estás muriendo de hambre.
Miro hacia la bandeja y mis tripas empiezan a crujir, pidiendo a gritos un bocado de algo.
-¿Cómo sabias que estaba aquí?
-Porque por la noche, escuche ciertos gritos y sollozos. Pensé que Dec tenía una pesadilla y vine a verlo. Pero él dormía profundamente y los ruiditos salían del baúl. Lo abrí y te encontré. ¿Quieres desayunar o qué? –mis tripas vuelven a crujir y él sonríe.
No me fío ni un pelo de él.
-Vale. Buff, que desconfiada eres. –se levanta de la cama, yo me siento en el lugar donde unos segundos antes estaba el. Me trae una mesa pequeña, donde pone la bandeja y acerca una silla donde se sienta él.
En la bandeja hay un zumo de naranja, un plato con fruta troceada, otro con un bistec y una sopa rara, con muy mal aspecto. Un desayuno un poco bastante extraño, pero como tengo hambre, me empiezo a zampar el bistec. El sigue todos y cada uno de mis movimientos. En cuanto me lo acabo cojo el plato de las frutas y el me agarra de la mano.
-No, esto déjalo para el final, o la sopa no te sabrá bien. -miro la sopa con cara de asco y luego le miro a el- Ya sé que tiene mal aspecto, pero está buenísima, es una de mis especialidades. 
Cierro los ojos y trago la primera cucharada.
-¿Qué te parece?
-Está muy buena, me recuerda a una que hacía mi madre.
-Bien, por fin una persona que no critica mi comida. Mis compañeros se pasan el día criticándola y encima se la comen toda. Bueno, todos excepto Dec.
-¿Por qué cocinas tú?
-Porque me gusta, además si vuelvo a mi casa vivo, abriré un restaurante. Y tú estarás invitada.
-Vale. –esto que acaba de decir no tiene sentido, pero le doy la razón, como a los locos.
-¿Cómo te llamas?
-Casia. ¿Tu?              
- Lían. ¿Tienes una herida en el tobillo?
-Sí.
-Espera un segundo. –se levanta, sale de la habitación y al cabo de unos minutos vuelve a entrar.- ¡Aquí estoy! Ahora te voy a curar.
Me descalzo y el me aplica una pomada en la herida y me venda el tobillo.- Toma, esto es para ti. –me da la pomada y dos vendas.- Te la tienes que aplicar una vez al día durante unos tres o cuatro días. ¿Entendido?
-Gracias. –digo realmente agradecida mientras guardo lo que me ha dado en el bolsillo de mis pantalones. Él se encoge de hombros.
-Si te quieres ir, date prisa. Porque como te vea Dec, te mata.
-¿Me puedo ir? –pregunto atontada.
-Claro, ¿Qué pregunta es esa? –dice el mientras devuelve la mesa a su sitio.
-¿Así, sin más?
-¿Qué quieres decir con eso?
-¿No me vas a hacer nada? ¿Me voy a ir sin que siquiera intentes besarme?
Se me acerca y de un empujón me estira en la cama. Se pone encima de mí con una gran rapidez y me agarra de las muñecas poniéndomelas por encima de la cabeza. Acerca su rostro al mío y me susurra cuando su boca está a unos centímetros de la mía.
-¿Es esto lo que quieres que haga? –me estoy quedando sin aliento, su enorme cuerpo comprimido contra el mío me impide respirar. Consigo negar con la cabeza y el me suelta las muñecas y se apoya sobre sus codos. Su cuerpo deja de aplastar el mío, pero aún se encuentra a escasos centímetros. Consigo respirar mi primera bocanada de aire y mis pulmones comienzan a trabajar como lo habían hecho hasta hace un momento. 
-Entonces, no me lo insinúes. –me da un beso en la mejilla y se levanta- Venga vete ya antes de que me repiense si te dejo marchar o te quiero junto a mí. -me dirige una sonrisa pícara y me guiña un ojo. No sé por qué, pero con el me siento a gusto y a salvo, al igual que con Cédryck. Algo dentro de mí dice que es incapaz de hacerme algo malo, pero prefiero irme ya que nadie dice que el idiota piense igual que este.
Me levanto de la cama, cojo la pistola que me tiende y le devuelvo el beso que me ha dado,
En la mejilla.
-Gracias por ayudarme, te debo una.
-De nada, venga fuera. Vete antes de que te saque a patadas.
-Uish, que modales. –le sonrío, cojo el peluche y el reloj que había dejado en el baúl y me dirijo a la puerta.
- Lían. ¿Te puedo hacer una pregunta?
-Sí, pero rápido.
-¿Qué día es hoy?
-Veintitrés de mayo.
-¿Qué?
-Vete, que Dec acaba de salir de la ducha. –la ducha en la que estaba el idiota se encontraba justo delante de la habitación. Lían me empuja y me pone detrás de la puerta y se acerca a ayudar al idiota.
-Tenías razón Lían. Está ducha me ha relajado un montón.
-Sí, sí. Venga vete a la cama otra vez.
-Ostras, que prisa tienes tío. –mientras Dec va a la cama Lían me saca de la habitación y me cierra la puerta en las narices.
Bajo las escaleras y cruzo la puerta. Dejo la casa atrás y me dirijo hacia el bosque.
Lían ha dicho que estamos a veintitrés de mayo. La guerra ha empezado el veinte de Mayo, es decir mis padres hace tres días que han muerto. Pero como han podido pasar tres días enteros sin que me haya dado cuenta. La primera noche la pase junto a los cadáveres de papá y mamá. La segunda noche en el baúl y ahora ya está anocheciendo. Más me vale que me dé prisa a llegar a la cueva, y que Mickaël y Lara estén allí.
Como me vean otros soldados se echarán un festín conmigo. Es como si yo fuese el único plato de comida en el mundo y ellos, unos vagabundos que buscan cualquier cosa con tal de saciar el hambre.
 En cuanto traspaso las primeras filas de árboles bajo el ritmo y me siento más segura.
Ahora solo tengo que traspasar todo el bosque, subir una cuesta y atravesar el prado. Entonces sabré si el sigue vivo.
Mierda. Soy idiota. He dejado la mochila junto al imbécil, en cuanto sacó la pistola rara y me tiré encima de el para que no me disparase.
Al menos todavía tengo la foto, o tal vez debería decir la mitad de la foto. La saco y la contemplo. De nuevo empiezo a llorar, ahora debería centrarme en encontrar a Mickaël y luego ya habrá tiempo para llorar.
Guardo la foto en su sitio y camino entre los árboles. 
Llego al prado y me acerco al río.
Dejo las pistolas y el oso, el reloj me lo he puesto para no perderlo. Toco el agua con las palmas de mi mano. Está fría pero igualmente me tranquiliza. Tengo unas ganas de despejarme de mi ropa y darme un buen baño. Pero resisto a la tentación lavándome las manos y la cara y me encamino hacia la cueva.
El sol me ilumina el camino y me adentro sin preguntar quién está allí.
Siento como se me pone la piel de gallina en cuanto veo una sombra moverse.
-Mickaël, ¿eres tú?
Un nuevo movimiento, y esta vez es más cercano.
Siento pasos en el fondo de la cueva, tengo que salir de aquí, pero mis piernas no me lo permiten.
-¡Oh, dios! ¿Dónde me he metido?
Algo se cae y se oye un gran golpe. Siento como algo se abalanza sobre mí y caigo al suelo con esa cosa encima mío. Bien, he escapado de los soldados y he caído en manos de una bestia, un monstruo, un animal o quien sabe lo que es esto.
Empiezo a chillar desesperadamente y a dar patadas en la oscuridad. Alguien enciende una cerilla, eso quiere decir que estoy a salvo. Me han salvado de está bestia. Uff…
Pero…
-¡MICKAËL!-se quita de encima de mí, se sienta en el suelo y empieza a reír.
-Mickaël para, para de reírte. –empiezo a llorar mientras el continua riéndose- Para.
Me siento a su lado y le empiezo a pegar en el brazo.
-Esto sí que ha sido una buena broma, mira que quedarte mientras que tendrías que haber huido. Por fin te he devuelto todas las bromas que me has hecho durante años. –y sigue riéndose el muy tonto.  
-Para ya, cállate. No te quiero oír. Que te calles.-grito entre sollozos. Mickaël se calla y me mira curioso.
-¿Tanto miedo te ha dado? Joder, creo que me pasado. –me mira y yo escondo la cara tras mis manos porque tengo vergüenza de contarle lo que ha pasado, o mejor dicho, lo que me ha pasado.
-Venga, que no ha sido para tanto.
-Mickaël, pensaba que te habías muerto.-me lanzo encima de él y lo abrazo con todas mis fuerzas. Él se queda un momento paralizado y luego me devuelve el abrazo.
-Lo siento Casia. ¿Qué ha pasado en el pueblo? En cuanto he visto a un grupo de soldados entrando en las primeras casas, he cogido a Lara y he venido corriendo hacia aquí. Pensaba que había sido un exagerado y estaba a punto de regresar a casa cuando te he visto cerca del río. Y Lara y yo habíamos pensado en hacerte una broma, ¿a qué si, Lara?
La niña sale de entre la oscuridad y se acerca a nosotros. Me aparto de su hermano y la abrazo a ella, me recuerda tanto a Dean.
-Lo siento, no quería asustarte. Perdón.
-Tranquila pequeña, no tengo nada que perdonarte. –la siento en mi regazo y le beso la mejilla.
-¿Te vas a quedar a cenar con nosotros? –pregunta ella con una sonrisa inocente.
-¿Puedo?
-Claro que si Casia. Haz como si estuvieses en tu cueva. –dice el tonto de turno.
Los tres caminamos hacia la hoguera que tenían encendida y nos sentamos a su alrededor.
Mickaël nos tiende dos cuencos a mí y a Lara, ella se lo empieza a comer sin esperar a que se enfríe la sopa y se quema.
-¡Ay! Mickaël eres un mentiroso, dijiste que si esperaba un rato no me iba a quemar. –le replica ella.
-Claro, pero tú no has esperado ni cinco segundos, princesa. Es obvio que te vas a quemar. –le responde él. Y pensar que yo le decía a mi hermano enano o cara moco, mientras que Mickaël le dice a su hermana princesa, que mal me siento conmigo misma. Pero que conste que se lo decía con cariño.
-¿Ese es mi reloj? –pregunta Mickaël.
-Sí, fui a tu casa por si estabais allí y me lo encontré. A también he traído a tu oso sos… Señor Caricias Lara.
-¿Dónde está?
-Se me debe de haber caído en cuanto me habéis asustado. –la niña se levanta y va en dirección a la salida de la cueva donde hay un pequeño bulto. Le doy a Mickaël su reloj, él se lo pone es la muñeca y me abraza.
-Gracias. No tengo palabras, ya sabes que este reloj es muy importante para mí.
Lara coge el oso, viene corriendo a darme un beso y se sienta a cenar. 
Acabamos de cenar en silencio y cuando Lara nos da el beso de buenas noches, me pregunta:
-¿Don de está Dean? ¿Lo traerás mañana para que juguemos? Es que estar todo el día con Mickaël es abulidísimo.
-Se dice aburridísimo. –le dice Mickaël mientras pone los cuencos limpios en su sitio.
-No lo sé. –le respondo. Ella se encoge de hombros y se mete en su cama improvisada. Me acurruco y empiezo a llorar. Dean. ¿Dónde debe de estar ahora? ¿Habrá cenado? ¿Estará durmiendo? O ¿Estará… muerto?
Mickaël se sienta a mi lado y me coge la cara entre sus manos.
-¿Qué ha pasado? ¿Por qué no estás con tus padres? ¿Dónde está Dean?
Le miro a los ojos y rompo a llorar mientras lo abrazo. Lo necesito más que nunca, si no estuviese conmigo, no sé lo que haría.
El me separa de su cuerpo y me agarra de los hombros. Le cuento todo lo que ha sucedido, aunque me salto la parte en que me quedaba sola con Damien. No quería recordar ese momento y tampoco se lo quería contar a él.
Mickaël me abraza y me tranquiliza con sus palabras dulces y reconfortables. Deja que me desahogue, que llore mientras el sigue junto a mi callado y mirando las llamas.
-Ven, tienes que descansar. –me lleva hacia otra cama improvisada, que está situada unos centímetros de la de Lara, aunque esta es más grande. Me acuesta en ella y se va. La niña duerme profundamente, creo que he estado llorando un par de horas.
-¿Y tú dónde vas a dormir? –le pregunto.
-No sé, ya me buscaré la vida, tu descansa.
-No.
-Tranquila, mira dormiré aquí en el suelo a tu lado. ¿Te parece bien?
-No. Acuéstate aquí, junto a mí.
-Pero Casia…
-Por favor, solo hoy. Te necesito. –las lágrimas vuelven a recorrer mi rostro. Que rabia me da no poder retenerlas cuando quiero. Claro, tanto dolor le da el permiso a mis ojos a dejar paso a las lágrimas cuando quieren.
-Vale, pero primero tengo que apagar el fuego. Si no, no vamos a poder dormir. –apaga la hoguera y escucho como se acercan sus pasos. Me parece que se está quitando la camiseta ya que oigo un ruido como de ropa deslizándose. Veo como una sombra está arropando a Lara y que se pone delante de la cama en la que estoy estirada, me hecho para un lado. El deja su camiseta y el cinturón en el suelo, o al menos eso parece que haga la sombra, coge algo que se encuentra a los pies de la cama. Es una sábana, me tapa con ella y a continuación se desliza junto a mí. Coge la sabana y la sube hasta su cintura.
Mis ojos consiguen adaptarse a la oscuridad y veo su bello rostro bañado con la luz de la luna. Miro sus labios los cuales los tiene entreabiertos y siento unas ganas de acercarlos a los míos y besarlos lentamente, saborearlos... ¿Pero en que estoy pensando? Trago saliva y le miro a los ojos. Él tiene fija su mira en mis labios. Me muerdo el labio inferior indirectamente y el suspira. Tengo que dejar de fijar mi vista en sus labios que es justamente lo que he vuelto a hacer. Me tienen hipnotizada. Debo descansar, y decirle que es mejor que cada uno duerma en una punta diferente. Pero es que tengo su cuerpo tan cerca, a mi alcance, que me niego a pensar en alejarlo de mí y menos ahora, que lo necesito de verdad. Él es el único que me queda y no lo pienso perder.
Para librarme de la tensión del momento miro sus ojos, el segundo error que cometo en pocos segundos. Sus ojos parecen de un color plateado con el reflejo de la luna. Cierro los míos y empiezo a respirar profundamente. El busca mi mano a ciegas bajo las sábanas hasta que la encuentra y me acaricia el brazo. Un escalofrío me recorre la columna vertebral hasta la nuca. Abro los ojos y para no tener que volver a ver sus ojos, sus labios o cualquier rasgo de su cara bajo la vista. Y he aquí el tercer error. Su pecho desnudo me deja embobada. Tiene una espalda enorme y un cuerpo, buff. ¿Cómo describirlo? Vamos, hace unos años que no me fijo en los chicos, ya he sufrido bastante con Guido, y no he querido volver a pasar por lo mismo. Por lo tanto, siempre he intentado no fijarme mucho en ellos, para no quedarme colgada. Pero es que esto, me supera… Sin ser consciente me voy acercando cada vez más a él, hasta que mis brazos consiguen enlazar su cintura y apoyo mi cara en su pecho.
Su corazón late muy rápido y su respiración va acompasada con cada uno de mis latidos, que para ser sincera no son los mismos de cada día. Creo que va a cien por hora, e incluso creo que es imposible que vaya más rápido.
Al sentir el contacto de su cuerpo con el mío, siento todo el calor que irradia del suyo. El mío también empieza a subir la temperatura por su parte. Esto me está matando, me muero de calor. Tengo unas ganas de salir de la cama e ir a ver las estrellas, para que me dé el aire. Pero sé que si muevo un solo dedo, dejaré de sentir su musculoso cuerpo junto a mí, y eso sería peor que estar en las aguas termales en pleno verano. Subo las palmas de mis manos de su cintura y empiezo a acariciarle la espalda. Él se pone rígido y pasados unos segundos me abraza. Con una de las manos me vuelve a acariciar el brazo, sube hasta llegar a mi mejilla, que me la acaricia suavemente, más tarde pasa el pulgar por mis labios y los recorre con sus dedos una y otra vez. Parece que quiera memorizarlo.
Mis labios se entreabren y suspiro. El baja la mano a mi cuello y luego la traslada a mi pelo. Posa su mano en mi nuca y empieza a bajar lentamente por mi espalda hasta llegar a mi cintura. Vuelve a subirla de nuevo y recorre el mismo recorrido una y otra vez. Hasta que sin darme cuenta me quedo dormida.

       

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